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MĒ del Carmen Mesa García



Mari Carmen Mesa García es una de las poetas pertenecientes a Noches del Baratillo que ha desarrollado una mayor evolución poética positiva tras su entrada en la Institución.

De su extensa producción poética nos ofrece tres poemas, los titulados:
“Una vez más”, “No fue para mí” y “El niño mendigo”

UNA VEZ MÁS

La mañana se despereza
al son de cualquier emisora.

El humo del café
impregna el ambiente
con su aroma embriagador.

Los chorros de agua caliente
acarician tu cuerpo joven
y empañan los espejos
donde tu imagen ya es recuerdo.

Una vez más,
te vistes con tu ropa de día laborable.
Coges un abrigo de cualquier color,
unos guantes,
una bufanda de tonalidades diversas,
y tu bolso,
con sus muchos secretos dentro.

No olvidas las llaves.
Bajas rápido al portal
como si fueras a un maratón.
El reloj de la esquina
da sus campanas,
y corres a la parada más próxima,
otra mañana más de tu vida.

NO FUE PARA MÍ

Escaleras de amores
hechas de humo.

Idílicos días
de adolescencia en ciernes,
y tú,
con tus hoyuelos,
acelerabas mi pulso
sin ver mi cándida mirada.
Historia imposible
sin el sabor de sus besos.

El olvido mató al recuerdo
y en el tiempo llegó otra emoción,
con sombrero gris,
que olía a amores tempranos,
Historia sin florecer
sin el sabor de sus besos.

Al pasar de niña a mujer
ese cariño se hizo paloma huida
y mi sentidos se abrieron
a un amor nuevo
que me emocionaba
cuando doblaba mi esquina.
Historia que se esfumó.
en un laberinto ajeno
sin el sabor de sus besos.

Mil historias pasaron,
ningún anhelo se cumplió.
Besos negados.

Aquellos hoyuelos,
aquel sombrero gris lleno de amores,
la emoción al doblar mi esquina,
las miradas envolventes.
el espíritu rebelde.
Ninguno me llevó a lo prohibido.

Solo halos perversos
envueltos en besos soñados.

EL NIÑO MENDIGO

Su manita extendida
y sus ojos brillando a la vida,
con una mirada serena
como mar sin oleajes.

Andar erguido
en un cuerpecito sin fisuras,
ropa desgastada y botitas viejas.

Un niño mendigo que soñaba
con algo caliente para su cuerpo y su alma,
con una sonrisa para creer en el futuro,
con unas manos templadas
que velasen por él.

La realidad le llevaba
en el peor sentido,
negándole toda esperanza.

Se hizo hombre.
El pan apenas le calentó,
no le rodearon sonrisas,
no hubo manos acariciadoras.
Se perdió solo en su pobre destierro.